29 de marzo de 2026

Memoria en disputa, prensa hostigada y crisis oficial

A cincuenta años del golpe de 1976, el gobierno de Javier Milei profundizó una ofensiva sobre la memoria democrática con gestos institucionales y discursivos de signo negacionista. En paralelo, Milei volvió a atacar al periodismo mientras evitó responder por el caso $LIBRA y por nuevas tensiones dentro de su administración.

Resumen

  • A cincuenta años del golpe de 1976, el gobierno profundizó la disputa por la memoria con la consigna de "memoria completa" y con una revisión del pasado que relativiza el consenso democrático sobre el terrorismo de Estado.
  • La ofensiva memorial tuvo además expresiones institucionales concretas: en la Casa Argentina en París, un director alineado con el mileísmo fue denunciado por impedir actos conmemorativos y retirar una placa por los desaparecidos.
  • Milei volvió a hostigar a la prensa crítica mientras evitó dar explicaciones sobre el caso $LIBRA y sobre las denuncias que rodean a Manuel Adorni, reforzando un patrón de disciplinamiento mediático desde el Ejecutivo.
  • El oficialismo combinó radicalización discursiva y desorden interno: la interna con Victoria Villarruel expuso un esquema de poder cada vez más personalista, atravesado por acusaciones de traición y golpismo.
  • La agenda memorial apareció conectada con un programa más amplio de endurecimiento represivo, ampliación de facultades policiales y debilitamiento de controles civiles sobre áreas sensibles del Estado.
  • En el plano socioeconómico, las referencias a destrucción de legislación laboral y liquidación de derechos consolidan la lectura de un ajuste regresivo que descarga costos sobre la clase trabajadora.
  • La gira europea de Milei incluyó respaldo a Viktor Orbán, señalando la inserción del gobierno argentino en circuitos transnacionales de extrema derecha que usan la cuestión migratoria como política de exclusión.

Contra la cultura

En la víspera del 24 de marzo, la consigna oficial de "memoria completa" reapareció como parte de una batalla cultural orientada a deslegitimar el consenso democrático construido en torno al terrorismo de Estado [1]. El punto central no es sólo una reinterpretación del pasado, sino la producción de una cobertura ideológica para políticas represivas y de ajuste. En la experiencia comparada de las extremas derechas, este tipo de ofensiva cultural busca erosionar lenguajes compartidos de derechos humanos para volver aceptables agendas de seguridad dura, disciplinamiento social y reducción de derechos.

Contra las personas racializadas o de origen migrante

Durante su gira europea, Milei respaldó las políticas antiinmigración del primer ministro húngaro Viktor Orbán, una de las referencias globales de la derecha radical gobernante [2]. Aunque la noticia disponible es breve, el gesto político importa porque inscribe al gobierno argentino en una red transnacional que convierte la cuestión migratoria en un dispositivo de orden, identidad y exclusión. Ese alineamiento opera más como señal ideológica que como respuesta a un problema doméstico específico, y refuerza una gramática xenófoba ya consolidada en otros gobiernos iliberales.

Contra la política

La semana mostró dos planos de deterioro político. Por un lado, la antesala del 24 de marzo estuvo marcada por un discurso oficial que cuestiona las luchas por verdad y justicia y normaliza una retórica de "terrorismo" aplicada a la protesta social [1]. Por otro, la vicepresidenta Victoria Villarruel siguió orbitando una interna feroz con el núcleo de Karina Milei, entre acusaciones de traición y golpismo dentro del propio oficialismo [3]. La combinación entre radicalización discursiva y faccionalismo permanente debilita la deliberación democrática y reemplaza la política por lealtades personalistas y antagonismos absolutos.

Contra las personas en situación de pobreza y la clase trabajadora

En el marco de la disputa por el 24 de marzo, distintas intervenciones periodísticas vincularon la agenda memorial del gobierno con un programa más amplio de demolición de derechos laborales [1]. La relación no es sólo simbólica: el negacionismo sobre la dictadura convive con la reactivación de un patrón de ajuste fiscal regresivo, flexibilización y debilitamiento de protecciones históricas para la clase trabajadora. En Argentina, donde la última dictadura combinó terrorismo de Estado y reestructuración económica, esa continuidad funciona como clave interpretativa de las reformas actuales.

Contra la libertad de expresión y la prensa crítica

Milei volvió a elegir la descalificación pública del periodismo en lugar de responder sobre el caso $LIBRA, que lo involucra junto a Karina Milei y al empresario Mauricio Novelli, y sobre las denuncias que rodean a Manuel Adorni [2]. La frase "¿Otra pluma mugrosa mintiendo?" no es un exabrupto aislado, sino parte de un repertorio estable de hostigamiento contra la prensa crítica. Ese mecanismo busca dos efectos simultáneos: correr el foco de los hechos bajo escrutinio y degradar la legitimidad de los mediadores que producen control público sobre el Poder Ejecutivo.

Contra el pasado y la memoria histórica

A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, la memoria volvió al centro de la disputa política argentina. Distintos análisis coincidieron en que el gobierno impulsa una revisión del pasado que tensiona como no ocurría desde hace años el consenso democrático sobre el terrorismo de Estado [4, 5, 6]. La idea de "memoria completa" funciona aquí como una equivalencia engañosa: no amplía la investigación histórica, sino que relativiza responsabilidades estatales y reabre marcos de justificación ya utilizados por las derechas radicales para disputar consensos de derechos humanos.

La ofensiva no quedó sólo en el plano discursivo. En París, ex directivos de la Casa Argentina denunciaron que su actual director, alineado con el mileísmo, obstaculizó el acto conmemorativo del 24 de marzo, retiró una placa en homenaje a los 30.000 desaparecidos y abrió la institución a ideas de ultraderecha [7]. Cuando la revisión del pasado se traduce en intervención sobre espacios públicos de memoria, deja de ser un debate narrativo y pasa a ser una política institucional de borramiento.

Frente a ese avance, sobrevivientes, organismos y dirigentes de derechos humanos advirtieron sobre el intento de confundir a las nuevas generaciones y anticiparon una movilización masiva de repudio al negacionismo oficial [8, 9, 1]. La centralidad del 24 de marzo muestra que la memoria sigue siendo un terreno de conflicto actual: disputarla implica disputar también los límites de la represión estatal en el presente y el sentido mismo de la democracia argentina.

Contra las instituciones del Estado de derecho

La discusión sobre memoria y represión se proyectó esta semana sobre el funcionamiento del Estado de derecho. Entre las medidas y orientaciones señaladas aparecen el fortalecimiento de facultades policiales y de inteligencia, la designación en Defensa de un militar en actividad que cuestiona los juicios por crímenes de lesa humanidad y el uso de categorías como "terrorismo" para la protesta social [1]. Ese paquete sugiere una dinámica de captura institucional en la que agencias coercitivas ganan autonomía y legitimidad política al mismo tiempo que se debilitan controles civiles y judiciales.

En paralelo, el caso $LIBRA siguió produciendo tensión entre el Gobierno, la justicia y la opinión pública [10]. Más allá de las dudas señaladas sobre las pruebas, el dato político es que el oficialismo enfrenta crecientes costos de credibilidad en un expediente que roza al entorno presidencial. En contextos de polarización extrema, estas controversias suelen incentivar estrategias de victimización del Ejecutivo y presiones indirectas sobre los mecanismos de rendición de cuentas.